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16-08-2020
OPININ| Rayo de Luna
Perfectos desconocidos
Por Raquel Cubero Calero, periodista


“¡Chicos, a cenar!” es el grito de guerra que cada noche se repite como un mantra en el interior de mi casa, pero que parece no ser un caso aislado, ya que la misma frase exclamativa se repite como si de una onda de eco se tratara, en miles – o quizás millones- de hogares a lo largo de toda la geografía española.

El aviso no ha surtido efecto, así que debo desplazarme a “territorio comanche”, para tratar de rescatar a mis hijos de las garras de esas infectas maquinitas electrónicas que han absorbido, casi por completo sus vidas y, así, buscar un rato de calma y humanidad, vamos… lo que se ha denominado “cenar en familia”, toda la vida.

Mientras llamo con los nudillos a la puerta me viene al recuerdo la expresión “Ha del castillo”… pensando qué o a quién me voy a encontrar al cruzar el umbral de ese antaño dormitorio, hoy convertido en inexpugnable fortaleza. Y es que, hoy en día, los dormitorios de nuestros jóvenes se han transformado en mini apartamentos donde hacen su vida de una forma prácticamente independiente del resto de habitáculos de la casa, porque en ellos disponen de todo aquello que necesitan: televisión, ordenador, play station, móvil, micrófono y cascos. Estos últimos para conectarse online con sus amigos y echar partidas virtuales o conversar –perdón, chatear – en una realidad paralela, fría y deshumanizada que a mí, francamente, cada día de preocupa más.

Por fin estamos cenando juntos. Es el momento perfecto para echar un pulso al individualismo. Sobre la mesa, un buen puñado de buenas intenciones, paciencia, empatía y capacidad para tratar de despertar su interés.  Pero no siempre sale bien.

La sociedad ha cambiado y nuestra generación se ha convertido en una bisagra, que por un lado ha tenido la enorme fortuna de conocer una vida real de carne y hueso en la que primaba el contacto humano, los abrazos de los abuelos, los juegos con la pandilla en la calle, las reuniones familiares inmensas que implicaban la complicidad con nuestros primos, y una vida de hogar con nuestros padres y hermanos en la que todos sabíamos qué pasaba en casa y funcionábamos como una piña. Y por el otro lado de la bisagra, el modelo familiar actual, virtual y frío, en el que se habla con los abuelos por videoconferencia, se chatea online con los colegas, apenas se sabe de los primos y el hogar se ha convertido en una estructura de compartimentos estancos, en el que se precisa de esfuerzos titánicos para rescatar unos breves momentos de vida en común.

Ante este nuevo panorama generalizado que nos asola,  a veces me pregunto si nuestros hijos saben algo de nosotros o si se interesan por lo que nos acontece. Aunque en caso de emergencia, siempre nos quedará la posibilidad de enviarles un whatsapp… como si fuéramos unos perfectos desconocidos.



 



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